miércoles, 27 de junio de 2018


TÚ, CON TU PROPIA MICROSCÓPICA MISIÓN
Hace días me preguntaba en qué momento comenzó a parecerme una exhibición, lo que de más joven me permitía sentirme más vivo; la capacidad de contar, de comunicar las ideas y los pensamientos de manera arrebatada, de ser instintivo y algo insensato y tomar el teclado o las hojas de papel y decir, decir de forma compartida y pública, con signos de puntuación y sin pensarlo tanto... dejar de temer.
Por supuesto que con el tiempo me ha quedado claro que algunas opiniones valen más si las guardamos.  Ahorrárselas es mejor porque más que convertirse en un vehículo, se pueden atascar en un bache como llanta de un carro viejo y humeante.
Sin embargo, en esta ocasión me ha movido una necesidad, un deseo trabado (y extraviado) que me hace reconocerme como un iluso sin remedio, un hombre a la mitad del mundo y de todo, dividido por nacimiento y convicción, que agradece a los planetas por su curso y por permitirme tener mi microscópica misión en el mío.
Ya sé, lo digo por conocimiento de causa, que a veces se piensa que estoy perdido. Habrá quien afirme incluso que no sé ni dónde estoy parado. Pero de verdad cada día siento más que puedo entender; no sé si el mundo, pero sí la vida. Lo efímero de los momentos, además de lo eterno de las personas; la relatividad de los instantes y los recuerdos, sin olvidar lo contundente de aquello que se nos agolpa en medio del pecho y la consciencia.
¿De qué se trata todo esto?...
De que me gusta pensar que la trayectoria que vamos trazando podría conectarse en un mapa de rostros, pieles, palabras, momentos, sensaciones, sonidos y olores que vamos recolectando a lo largo de nuestra vida.
De que me gusta saber que muchas veces estamos “atrapados” en los recuerdos no por angustia, sino porque haber vivido algo lo vuelve parte de nuestro discurso íntimo, de una deseable transformación y de las cosas increíbles que podemos hacer por nosotros mismos y los demás, aunque no nos creamos capaces.
De que es un gran privilegio saber que estuviste ahí en ese momento, quizá sin contárselo a nadie. Que te miraste en los ojos de esa otra persona, quizá sin escribirlo en la pared. Que tomaste esa foto en la calle porque te daba nostalgia, quizá sin publicarla en Facebook.
De que agradezco que, en este viaje constante, me he podido encontrar con personajes increíbles, que, hasta los más incidentales, tienen un recuerdo vivo en mi memoria. ¿Qué sería del ser humano sin poder compartir los demonios y fracasos del otro? ¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos llorar de felicidad al ver brillar a las personas que se nos han cruzado por enfrente? ¿Sin cerrar y abrir ciclos? ¿Sin ver milagros a diario?
Quizá últimamente las redes sociales y su flujo excesivo de opiniones llegan a mi cerebro como una avalancha de dualidades; de amor- odio, de vicio y asqueo, de curiosidad y desilusión, y es por eso que algo tan vital para mí, pudo haberse inhibido con los años.
No lo sé.
Lo que sí es verdad, es que hoy, pese a todos los pronósticos, pese a que afuera haya voces que me hagan perder la confianza en el mundo (y en mí mismo), pese a que a veces pensamos que todo está perdido, pese a que yo, que soy una persona que escribe, teme a veces de qué pueda pensar el otro que lee o escucha; yo precisamente hoy, siento la necesidad de agradecer por ti.
Por ti que agarras estas líneas desde alguna parte. Y quizá alguna vez, tú, con tu propia microscópica misión, con tu mapa de recuerdos y deseos, con tu inventario de secretos culposos y sonrisas misteriosas, te cruzaste o cruzarás en mi camino.
 

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