TÚ, CON TU PROPIA MICROSCÓPICA MISIÓN
Hace días
me preguntaba en qué momento comenzó a parecerme una exhibición, lo que de más
joven me permitía sentirme más vivo; la capacidad de contar, de comunicar las
ideas y los pensamientos de manera arrebatada, de ser instintivo y algo insensato y tomar el
teclado o las hojas de papel y decir, decir de forma compartida y pública, con signos de puntuación y sin
pensarlo tanto... dejar de temer.
Por
supuesto que con el tiempo me ha quedado claro que algunas opiniones valen más
si las guardamos. Ahorrárselas es mejor porque
más que convertirse en un vehículo, se pueden atascar en un bache como llanta
de un carro viejo y humeante.
Sin
embargo, en esta ocasión me ha movido una necesidad, un deseo trabado (y extraviado)
que me hace reconocerme como un iluso sin remedio, un hombre a la mitad del
mundo y de todo, dividido por nacimiento y convicción, que agradece a los
planetas por su curso y por permitirme tener mi microscópica misión en el mío.
Ya sé, lo
digo por conocimiento de causa, que a veces se piensa que estoy perdido. Habrá
quien afirme incluso que no sé ni dónde estoy parado. Pero de verdad cada día
siento más que puedo entender; no sé si el mundo, pero sí la vida. Lo efímero
de los momentos, además de lo eterno de las personas; la relatividad de los instantes
y los recuerdos, sin olvidar lo contundente de aquello que se nos agolpa en
medio del pecho y la consciencia.
¿De qué se
trata todo esto?...
De que me
gusta pensar que la trayectoria que vamos trazando podría conectarse en un mapa
de rostros, pieles, palabras, momentos, sensaciones, sonidos y olores que vamos
recolectando a lo largo de nuestra vida.
De que me
gusta saber que muchas veces estamos “atrapados” en los recuerdos no por
angustia, sino porque haber vivido algo lo vuelve parte de nuestro discurso
íntimo, de una deseable transformación y de las cosas increíbles que podemos
hacer por nosotros mismos y los demás, aunque no nos creamos capaces.
De que es
un gran privilegio saber que estuviste ahí en ese momento, quizá sin contárselo
a nadie. Que te miraste en los ojos de esa otra persona, quizá sin escribirlo
en la pared. Que tomaste esa foto en la calle porque te daba nostalgia, quizá
sin publicarla en Facebook.
De que agradezco
que, en este viaje constante, me he podido encontrar con personajes increíbles,
que, hasta los más incidentales, tienen un recuerdo vivo en mi memoria. ¿Qué
sería del ser humano sin poder compartir los demonios y fracasos del otro? ¿Qué
sería de nosotros si no pudiéramos llorar de felicidad al ver brillar a las
personas que se nos han cruzado por enfrente? ¿Sin cerrar y abrir ciclos? ¿Sin ver milagros a diario?
Quizá
últimamente las redes sociales y su flujo excesivo de opiniones llegan a mi
cerebro como una avalancha de dualidades; de amor- odio, de vicio y asqueo, de curiosidad y desilusión,
y es por eso que algo tan vital para mí, pudo haberse inhibido con los años.
No lo sé.
Lo que sí
es verdad, es que hoy, pese a todos los pronósticos, pese a que afuera haya
voces que me hagan perder la confianza en el mundo (y en mí mismo), pese a que
a veces pensamos que todo está perdido, pese a que yo, que soy una persona que escribe, teme a veces de qué pueda pensar el otro que lee o escucha; yo precisamente hoy, siento la
necesidad de agradecer por ti.
Por ti que agarras estas líneas desde alguna parte. Y quizá alguna vez, tú, con
tu propia microscópica misión, con tu mapa de recuerdos y deseos, con tu
inventario de secretos culposos y sonrisas misteriosas, te cruzaste o cruzarás en mi camino.
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