La noche es oscura pero todos duermen y nadie puede verla. Todos sueñan con la oscuridad y se ocultan en ella bajo su disfraz de pájaro. Yo me alzo como el búho, presiono los botones de mis ojos frente a cualquier destello y observo fijamente la oscuridad.
Me asusta, pero no voy a quebrarme porque mis huesos son de agua pero fuertes, tanto como la sangre. Palidezco, pero no voy a romperme porque tengo unidas mis partes por el calor de su aliento. Y de pronto ese calor me sorprende, inhunda el cuarto y la casa entera; es la luz de una vela o una estrella, todavía no lo tengo claro, pero me guía a tomar mi espada: voy a librarnos de todos los monstruos.
Y descubro que la noche no es tan oscura, o más bien, que la oscuridad es tibia y no me va a hacer daño. La oscuridad más profunda ha penetrado en mi pecho y esa oscuridad, la que parece irreversible, es sólo la que existe segundos antes de que la luz más brillante se expanda por el cielo, antes de que la vida surja a través del sol.
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